Matrescencia: cuando nace un bebé, también nace una nueva versión tuya.

Cuando nace un bebé, cambia mucho más que la rutina.

Cambia tu cuerpo, tu manera de dormir, tus prioridades, tus relaciones, tu forma de trabajar y, muchas veces, la manera en la que te ves a ti misma.

Tal vez durante el embarazo imaginabas cómo sería tener a tu bebé en brazos. Quizá escuchaste que después del parto necesitarías tiempo para recuperarte físicamente, adaptarte a la lactancia o acostumbrarte a dormir menos.

Pero hay una parte de la transición hacia la maternidad de la que hablamos mucho menos:

la transformación de la mujer que eras antes de convertirte en mamá.

Si alguna vez te has preguntado:

¿Qué me pasó?
¿Por qué ya no pienso igual?
¿Por qué siento que una parte de mí cambió para siempre?
¿Por qué extraño tanto quién era antes?

Quiero contarte algo importante:

Lo que estás viviendo tiene un nombre: matrescencia.

¿Qué es la matrescencia?

La matrescencia es el proceso de transformación que ocurre cuando una mujer se convierte en madre.

No se trata únicamente de los cambios físicos después del nacimiento del bebé. Es una transformación física, psicológica, emocional, social y, para muchas mujeres, también espiritual.

A diferencia del posparto, la matrescencia no es una etapa con una duración específica.

El posparto comienza después del nacimiento y suele estar asociado con la recuperación física y la adaptación a los primeros meses con un bebé: las revisiones médicas, la lactancia, el sueño interrumpido y los cambios en la rutina.

La matrescencia, en cambio, es un proceso mucho más amplio.

No termina necesariamente cuando termina el posparto.

La maternidad continúa transformándonos a medida que nuestros hijos crecen y atraviesan nuevas etapas.

La mamá de un recién nacido no es exactamente la misma mamá de un niño de tres años. Y esa mujer tampoco será la misma cuando acompañe a su hijo durante la adolescencia o cuando lo vea convertirse en adulto.

Cada etapa de la maternidad puede pedirnos desarrollar nuevas habilidades, reorganizar nuestras prioridades y volver a preguntarnos quiénes somos.

Tu cuerpo también cambia

Uno de los cambios más evidentes durante la matrescencia es el cuerpo.

Tu cuerpo cambia durante el embarazo, durante el parto y durante el posparto. Y muchas veces continúa cambiando mucho tiempo después.

Las hormonas se reorganizan, el sueño puede desaparecer por temporadas y, si eliges amamantar, la lactancia trae consigo sus propios retos.

También puede cambiar la manera en la que miras tu cuerpo.

Vivimos en una cultura que constantemente nos habla de «recuperar» el cuerpo que teníamos antes del embarazo. Como si nuestro objetivo tuviera que ser regresar exactamente al cuerpo anterior.

Pero quizá podemos hacernos una pregunta diferente:

En lugar de preguntarte cuándo vas a volver a tener el cuerpo de antes, ¿cómo puedes cuidar el cuerpo que hoy te sostiene?

Ese cuerpo gestó una vida.

Ese cuerpo carga, alimenta, consuela, duerme poco y aun así encuentra fuerzas para levantarse una vez más.

Tal vez no necesitas más exigencia.

Tal vez necesitas más paciencia, gratitud y aceptación hacia el cuerpo que está atravesando esta transformación contigo.

Tu cerebro también se transforma

Durante años hemos escuchado expresiones como «baby brain» o «cerebro de embarazo», como si convertirse en madre significara que nuestro cerebro funciona peor.

Olvidar dónde dejamos las llaves, entrar a una habitación y no recordar por qué fuimos o sentir dificultad para concentrarnos puede hacernos pensar que estamos perdiendo capacidades.

Pero la experiencia de la maternidad también implica una enorme adaptación.

Tu atención está constantemente orientada hacia las necesidades de otra persona.

Estás aprendiendo a identificar señales, anticipar necesidades, responder a cambios y permanecer alerta.

Todo esto requiere energía.

Por eso, si durante la maternidad sientes que no rindes exactamente igual que antes, intenta regalarte un poco de compasión.

No eres menos inteligente. No eres menos capaz. Estás atravesando una transformación que demanda muchísimo de ti.

El cambio de identidad: «Ya no sé quién soy»

Quizá uno de los cambios más profundos de la matrescencia sea el que ocurre en nuestra identidad.

Porque no solamente cambia lo que hacemos.

También cambia la manera en la que nos vemos.

Muchas mujeres llegan a terapia diciendo:

«No sé qué me pasa.»

«Siento que ya no soy yo.»

«Extraño quién era antes de convertirme en mamá.»

Si alguna vez has sentido algo parecido, quiero que recuerdes esto:

No te perdiste. No estás rota. No estás haciendo algo mal. Estás atravesando una transición.

Durante un tiempo puede parecer que toda tu vida gira alrededor de tu bebé.

Quizá lees menos, sales menos, haces menos ejercicio, ves menos a tus amigos o tienes conversaciones completamente diferentes.

Y entonces aparece una pregunta difícil:

¿Dónde quedó la mujer que yo era?

Pero esa mujer no desapareció.

Sigue siendo parte de ti.

La maternidad no necesariamente consiste en reemplazar a la mujer que eras por una mujer completamente diferente. Puede tratarse de integrar quién eras con quién estás descubriendo que puedes ser.

Puedes amar a tu hijo y extrañar tu vida anterior

Hay una idea sobre la maternidad que puede resultar muy liberadora:

Dos emociones aparentemente contradictorias pueden existir al mismo tiempo.

Puedes amar profundamente ser mamá y extrañar partes de tu vida anterior.

Puedes sentirte agradecida por tus hijos y necesitar ayuda.

Puedes disfrutar estar con ellos y necesitar tiempo a solas.

Puedes sentirte feliz con tu nueva vida y, al mismo tiempo, sentir nostalgia por la vida que tenías antes.

Eso no significa que seas una mala madre.

La ambivalencia también forma parte de la matrescencia.

No necesitas convertir cada experiencia de la maternidad en algo hermoso para demostrar cuánto amas a tus hijos.

Tus relaciones también cambian

Cuando nace un bebé, no solamente cambia la relación que tienes con él.

También pueden transformarse muchas de las relaciones importantes de tu vida.

Tu relación con tus padres

Antes de convertirte en mamá, eras principalmente hija.

Después, te encuentras ocupando un nuevo rol: ahora eres tú quien sostiene y cuida emocionalmente a otra persona.

Esto puede cambiar incluso la manera en la que te relacionas con tus propios padres.

Puedes comenzar a mirar tu infancia desde otra perspectiva y preguntarte qué quieres repetir y qué quieres hacer diferente.

Tu relación de pareja

La llegada de un bebé también transforma la dinámica de pareja.

De pronto, las conversaciones pueden pasar de viajes, trabajo y planes de fin de semana a:

  • ¿Cómo queremos educarlo?
  • ¿Cómo repartimos las responsabilidades?
  • ¿Quién se levanta esta noche?
  • ¿Cómo manejamos nuestras diferencias sobre la crianza?
  • ¿Cómo recuperamos espacios para nosotros como pareja?

La intimidad, el cansancio, la distribución de responsabilidades y la necesidad de pedir ayuda pueden convertirse en temas nuevos dentro de la relación.

La maternidad puede ser una etapa desafiante para una pareja, pero también puede abrir la posibilidad de conocerse de una manera diferente y construir una nueva dinámica juntos.

Tus amistades

Las amistades también pueden cambiar.

Si tus amigos todavía no tienen hijos, puede resultar más difícil coordinar una salida o sentir que están viviendo experiencias similares.

Si tus amigos también son padres, quizá encuentres un nuevo nivel de empatía.

Porque hay personas que entienden que llegar tarde, cancelar un plan o tener que irse antes no significa falta de interés.

Significa que estás atravesando una etapa diferente.

Las amistades pueden transformarse, pero aquellas construidas desde la empatía y el interés genuino pueden encontrar nuevas maneras de permanecer.

La maternidad también puede cambiar tu relación con el trabajo

Para muchas mujeres, regresar al trabajo trae consigo una nueva dimensión de la maternidad: la culpa.

¿Estará bien?

¿Ya habrá comido?

¿Me necesitará?

¿Estoy haciendo lo correcto al trabajar?

Incluso trabajar desde casa puede generar sentimientos contradictorios.

Puedes estar físicamente cerca de tu hijo y, al mismo tiempo, sentir que no estás suficientemente disponible porque tienes reuniones, responsabilidades y pendientes.

En estos momentos puede ser útil dejar de medir tu maternidad únicamente por la cantidad de horas que pasas con tu hijo.

A veces la conexión está en momentos pequeños:

Un beso entre reuniones.

Prepararle su comida.

Compartir unos minutos durante el almuerzo.

Preguntarle cómo estuvo su día.

No necesitas estar disponible todo el tiempo para construir una relación significativa con tu hijo.

Volver a conectar contigo también es parte de la maternidad

Cuando nos convertimos en madres, aprendemos rápidamente a identificar las necesidades de nuestros hijos.

Pero podemos olvidarnos de preguntarnos:

¿Y yo qué necesito?

Conectar contigo también forma parte de cuidar a tu hijo.

Cuando aprendes a escuchar tu cuerpo, reconocer tus emociones y notar tus necesidades, puedes empezar a responder desde un lugar diferente al agotamiento constante.

Puedes comenzar con algo muy sencillo.

Haz una pausa y pregúntate:

¿Cómo está mi cuerpo hoy?

¿Cómo está mi mente?

¿Qué emoción estoy sintiendo?

¿Qué necesito en este momento?

No necesitas tener una respuesta perfecta.

El simple hecho de detenerte y escucharte puede ayudarte a comenzar a reconectar contigo.

A veces la respuesta será dormir.

Otras veces será pedir ayuda.

Quizá necesites hablar con tu pareja, llamar a una amiga, salir a caminar o simplemente tener cinco minutos de silencio.

La maternidad también puede despertar tu propia historia

Existe otra dimensión de la matrescencia de la que considero especialmente importante hablar: nuestra propia historia.

La maternidad puede despertar recuerdos, emociones y heridas que creíamos superadas o que ni siquiera sabíamos que estaban presentes.

Porque no llegamos a la maternidad sin historia.

Llegamos con nuestras experiencias, nuestros vínculos, nuestras creencias y las formas en las que aprendimos a relacionarnos.

Tal vez creciste sintiendo que tenías que hacerlo todo perfecto para recibir amor.

Tal vez aprendiste que expresar emociones era una señal de debilidad.

Tal vez tus necesidades emocionales pocas veces fueron escuchadas.

O quizá aprendiste desde muy pequeña a cuidar a los demás antes que a ti misma.

Todo esto puede influir en la manera en la que interpretas determinadas situaciones con tus hijos.

Cuando el presente activa el pasado

Imagina a una madre que tiene mucho miedo al rechazo o al abandono.

Su bebé está aprendiendo a lactar y está teniendo dificultades para adaptarse.

Una situación completamente normal puede comenzar a sentirse profundamente personal.

En lugar de pensar:

«Mi bebé está aprendiendo.»

Pueden aparecer pensamientos como:

«Mi bebé me rechaza.»

«No soy una buena mamá.»

«Seguro prefiere a su papá.»

«Tal vez quiere más a su abuela que a mí.»

El comportamiento del niño no necesariamente significa lo que la madre está interpretando.

Pero nuestra historia puede influir en el significado que le damos a lo que ocurre.

A veces no reaccionamos solamente ante lo que está pasando en el presente. También reaccionamos ante lo que esa situación despierta de nuestro pasado.

Por eso, conocer tu historia también puede ser una forma de cuidar la relación con tus hijos.

No puedes cambiar una historia que no conoces

Comprender desde dónde te vinculas puede ayudarte a diferenciar qué pertenece al presente y qué pertenece a experiencias anteriores.

Esto no significa culpar a nuestros padres.

Tampoco significa que todo lo que vivimos en nuestra infancia haya sido traumático.

Significa comenzar a observar nuestra historia con curiosidad.

Preguntarte:

  • ¿Qué aprendí sobre el amor?
  • ¿Qué aprendí sobre pedir ayuda?
  • ¿Qué aprendí sobre expresar mis emociones?
  • ¿Qué pasaba cuando estaba triste o enojada?
  • ¿Qué necesitaba hacer para sentirme aceptada?
  • ¿Qué cosas quiero conservar de la forma en que fui criada?
  • ¿Qué patrones quiero hacer diferente con mis hijos?

Nuestra historia influye en nuestra maternidad.

Pero nuestra historia no nos condena.

Podemos aprender nuevas formas de relacionarnos.

Podemos desarrollar mayor seguridad.

Podemos reconocer patrones que llevaban generaciones repitiéndose.

Y podemos decidir qué queremos transmitir a nuestros hijos.

Un ejercicio para comenzar a reconectar contigo

Si quieres comenzar a explorar tu propia experiencia de matrescencia, prepara una taza de té o café, busca un lugar tranquilo y toma una hoja de papel o tu journal.

No necesitas responder perfectamente.

Solo escribe.

Pregúntate:

¿Qué le agradecería hoy a la mujer que era antes de convertirme en mamá?

¿Qué cosas extraño de ella?

¿Qué parte de esa mujer sigue viviendo en mí?

¿Qué cosas me encantan de la mujer que soy hoy?

¿Qué fortalezas descubrí gracias a la maternidad?

¿Qué pequeño logro de esta semana merece que me felicite?

Muchas veces estamos tan concentradas en todo lo que falta que olvidamos reconocer todo lo que ya hemos recorrido.

Quizá hoy pediste ayuda.

Quizá saliste a caminar.

Quizá comiste sentada.

Quizá tomaste tu café caliente.

Quizá simplemente respiraste antes de reaccionar.

Eso también cuenta.

No se trata de recuperar la vida que tenías

Quizá una de las mayores enseñanzas de la matrescencia es que no necesitas regresar exactamente a quien eras antes.

Tu vida puede volver a tener espacios para ti.

Puedes recuperar actividades que disfrutabas.

Puedes reconstruir tu relación de pareja.

Puedes volver a conectar con tus amistades.

Puedes encontrar nuevas pasiones.

Pero quizá no se trate de recuperar exactamente la vida que tenías.

Se trata de construir una nueva vida que también se sienta tuya.

La matrescencia no está hecha únicamente de pérdidas.

También está llena de crecimiento, aprendizajes, nuevas fortalezas y experiencias que nunca imaginaste que serías capaz de vivir.

Tal vez la matrescencia no sea el camino para volver a encontrar a la mujer que eras.

Tal vez sea el camino para conocer a una mujer que todavía no sabías que podías llegar a ser.

Y quizá ahí esté una de las mayores bellezas de la maternidad:

crecer junto a nuestros hijos, con curiosidad, con compasión y con la certeza de que cada etapa también puede enseñarnos algo sobre nosotras mismas.


Si estás atravesando la matrescencia y necesitas apoyo

No tienes que atravesar todos estos cambios sola.

Si sientes que la maternidad está despertando emociones, recuerdos o patrones que te cuesta comprender, un proceso terapéutico puede ayudarte a explorar tu historia, comprender tus relaciones y desarrollar nuevas formas de responder a lo que estás viviendo.

En Enfoque Interior Terapia acompaño a mujeres que desean comprenderse mejor, trabajar en sus vínculos y construir una relación más segura consigo mismas y con sus hijos.

Puedes conocer más sobre mi trabajo y encontrar recursos sobre trauma, apego y maternidad en enfoqueinteriorterapia.com.

Y recuerda: no estás perdida. Estás atravesando una transformación.

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